martes, 24 de abril de 2012

Las preguntas que tememos los hombres

Ellos tomaban una bebida juntos, del mismo vaso, con el atardecer de fondo y las olas del mar dando un sonido aún más romántico. El color dorado reflejaba en sus rostros, el ambiente era ideal, suspiros tras suspiros soñaban con un futuro feliz.

-          Quisiera que todos los días fueran así – dijo él.
-          Sí, yo también – agregó ella.
-          ¿Eres feliz? – preguntó el novio enamorado.
-          Definitivamente – respondió y luego preguntó - ¿Me amas?

De repente el joven enamorado comenzó a toser y no podía respirar y todo el romanticismo se acabó en una frase sobre el clima: que lindo atardecer, ¿lo viste?

Muchos, por no decir todos los hombres se ponen en aprietos al momento de escuchar ciertas preguntas. Preguntas que los ponen nerviosos y no saben que responder, preguntas como:

  • ¿me amas?
  • ¿me veo gorda?
  • ¿Qué tengo de nuevo en mí?
  • ¿Cuándo conoceremos a tus padres?
  • ¿te parece linda esa chica?

Puede haber miles de preguntas más que hacen transpirar a más de uno. Pero el punto es ¿Por qué?, ¿Por qué nos preocupan estás preguntas?, ¿Por qué nos ponemos tan nerviosos?
Bueno creo que en parte se debe a que nadie quiere ser confrontado con situaciones que lo lleven a tomar una postura o partido.

Cuando una mujer hace una pregunta como está tiene en su mente una expectativa de lo que ella quiere oír como respuesta. Pero el hombre no quiere dar una respuesta que la ofenda y muchas veces no sabe que responder porque no está pensando en eso.

Si hace algún comentario sobre su corte de cabello, su peso, su apariencia o la de otra mujer, sabe que se meterá en un problema. Porque si dice: “te ves hermosa” ella dirá: “ba, sólo lo dices para quedar bien”.

Entonces ante el temor de responder algo que no pueda agradar a la otra persona, se siente en el aprieto de que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Y muchas veces prefiere no responder o responder con otra pregunta. Esto le da un poco de tiempo para pensar bien antes de decir algo. Dilata la pregunta inicial para sondear cómo está la situación y los ánimos, para no entrar en un conflicto.

Por lo general cuando un hombre no puede responder la pregunta por estos temores, comienza a divagar en sus respuestas, repite la última palabra de lo que se le dijo, mira hacia el suelo o las paredes. Lo único que está haciendo es pensar, valorar y evaluar  cuál sería la respuesta más adecuada. Lo que no sabe, es que por lo general las mujeres se dan cuenta de este tipo de actitudes y quedan descubiertos.

Entonces ya sabemos que una pregunta que los involucre y comprometa, siempre necesitará tiempo para preparar una respuesta. Si esta pregunta lo coloca en una situación de tomar una postura o decir algo personal puede ser que traiga el miedo de dar una respuesta que provoque un conflicto. Y eso es lo que no quieren.

¿La solución sería no hacer estas preguntas? No. Sino en algunas preguntas darles tiempo a que lo piensen. En otras ayudarles a sentir confianza de que cualquiera sea la respuesta no creará conflicto y por último, creer lo que está diciendo de un punto de vista objetivo. Muchas veces los hombres responden lo que se les preguntó, cruda y objetivamente. No considera los aspectos emocionales de la conversación, lo que las mujeres sí están considerando.

-          ¿Cómo está la sopa?
-          Le faltó sal.

El hombre respondió la pregunta, no consideró el esfuerzo de hacerla, ni agradeció lo que está recibiendo, simplemente dio su apreciación objetiva. Esto es lo que generalmente crea el conflicto.

La Biblia dice:
Mat 5:37  Cuando ustedes digan “sí”, que sea realmente sí; y cuando digan “no”, que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno.

La respuesta nuestra no debe ser fingiendo ni tratando de zalamear a los demás. Debe ser cierta, sin mentiras, pero considerando que se puede ofender si no se tiene cuidado en la forma que se dicen las cosas. Ser atento y prudente en la forma que dices las cosas, puede hacer la gran diferencia.

lunes, 23 de abril de 2012

¿Estás dispuesto a confiar?


Siempre decimos confío en Dios, pero muchas veces es una frase armada como la del saludo: “sí, todo bien”. A veces tratamos de aparentar cierto nivel de espiritualidad o creemos que debemos ser el tipo de personas que nunca sienten miedo. Pensamos que de esa manera estamos agradando a Dios o no le estamos defraudando. Pero en muchas ocasiones es sólo una mentira que nos hacemos a nosotros mismos, un autoconvencimiento.  

Todo sería más sencillo si reconociéramos nuestra debilidad si dijéramos lo que realmente sentimos, nuestras frustraciones y nuestra falta de fe. De esta manera podríamos disfrutar más de Dios, de su gracia, consuelo y fortaleza. El apóstol Pablo contaba de la respuesta a sus oraciones:

2Co 12:9  Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.
10  Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Cuando reconozco que soy débil y que necesito de Dios estoy listo para recibir su gracia. Poco a poco se llenará mi vaso y sabré cuán poderoso es Él.
¿Recuerdas al padre del joven endemoniado?

Mar 9:14  Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.
15  Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron.
16  Él les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos?
17  Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo,
18  el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron.
19  Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.
20  Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos.
21  Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño.
22  Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.
23  Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.
24  E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.

El problema no está en el poder de Dios, sino en si creo o no en que Él puede hacerlo. Pero quizá deba reconocer como este atormentado padre: “ayuda mi incredulidad”. Este hombre pudo ver el poder del Cielo, el amor de Cristo y la gracia de Dios derramada sobre su hijo porque reconoció que necesitaba más de Dios.



No tengas pena de decir: no sé, no puedo, no tengo fuerzas o me falta fe. Dios te conoce y Él podrá ayudarte si te humillas ante Él.

sábado, 14 de abril de 2012

Negar es más fácil

Es increíble como las cosas malas son más fáciles de hacer que las buenas. Es más fácil odiar, guardar rencor, mentir, negar a enfrentar los hechos. Pareciera que siempre estamos dispuestos a hacer lo malo antes que lo bueno.

Y en realidad es una gran verdad en el hombre, nuestra naturaleza pecaminosa siempre nos lleva a hacer lo malo. Ya en el libro de Génesis Dios dice esto:

Génesis 6:5  Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.

No debería extrañarte que las personas hagan lo malo, pues está impregnado en sus genes. Entre tantas cosas que hacemos por naturaleza, naturaleza caída por supuesto; está el de negar.

Negamos todo, negamos el asiento a alguien en el colectivo, negamos el paso a otra persona en una intersección, negamos como reacción inmediata ente la petición de algo o la confrontación de algo, muchas veces porque no queremos enfrentar lo que conlleva la verdad.
Por eso creo que es más fácil hacer lo malo, porque hacer lo bueno implica ser responsable y comprometerse con la verdad. Ser indiferente o negligente es tan fácil, sólo haces la vista gorda y listo.

Hace un tiempo atrás con mi hijo Ariel, plantamos una pequeña huerta, como proyecto de escuela. Pusimos varias semillas y fertilizante, regamos y esperamos ver los primeros brotos, luego de algunos días allí estaban, nos emocionamos. Unas semanas después nos parecía raro que todos los brotos eran iguales, a pesar de que habíamos plantado diferentes tipos de semillas. Unos días mas tarde a las pequeñas hojas redondeadas se les podían ver unos pequeños pelitos y nos dimos cuenta que eran ortigas. No podíamos distinguir al comienzo cuales eran las buenas plantas y las malas, lo peor, no podíamos quitar las ortigas porque todas estaban muy pequeñas y lastimaríamos hasta las buenas plantas y tuvimos que esperar a que estén más grandes para hacerlo. Hasta que al fin un día pudimos limpiar la huerta, pero las plantas buenas fueron pocas, muchas de ellas murieron porque las ortigas las sofocaron o quitaron los nutrientes del suelo. Esto me recuerda a la parábola de la cizaña y el trigo, pero es real.

Me preguntaba: ¿Cómo puede ser que no necesitamos trabajar para tener malas hierbas en el jardín, pero tener buenas plantas es tan difícil? Esto parece ser que tanto la naturaleza como nuestro mismo ser fueron afectados por el pecado del hombre.

Quizás al leer estos comiences a decir: “a mí no me pasa eso” y quizá te estés negando a reconocerlo. Pero si piensas bien, te vas a dar cuenta que la mayoría de nosotros estamos más dispuestos a negar algo, o negarnos a algo antes de aceptar que estamos equivocados o necesitamos ayuda. Evidentemente negar nos da cierta seguridad o tiempo para pensarlo mejor.

No necesariamente negamos porque estamos mintiendo o tratamos de ocultar algo, sino porque no queremos ceder o porque no estamos dispuestos a dejar que otros tengan un mejor lugar o posición que nosotros. No queremos ser incomodados, no queremos ser movidos de nuestro pensamiento o no queremos arriesgarnos a enfrentar nuevos retos.

De cualquier forma, por cualquier razón, definitivamente siempre es más fácil negar a decir la verdad, a enfrentar un cambio, a tomar la iniciativa, a arriesgarse a algo nuevo, a dejar la posición que tengo para probar otras opciones.

Si te estás negando a algo, evalúa bien si no te estás negando a la voluntad de Dios. Si estás negando algo, cuidado con estar incurriendo en mentiras o engaños por tapar un error o pecado. Si estás negando algo a alguien, piensa que quizá le estés privando de una gran bendición.

Dar libertad a otros también te libera a ti. Negar a veces te priva de disfrutar las bellezas de la verdad y la vida.

jueves, 12 de abril de 2012

Cómo mostrar amor hacia los demás

Tanto, los temperamentos como los estilos de comunicación, no son una excusa a nuestro mal comportamiento o negligencia, no podemos escondernos detrás de ellos. El Señor nos ha dejado mandamientos claros en cuanto a cómo debemos comportarnos, mostrar amor y ser pacientes.

Veamos para terminar unos versículos y tomemos consejos de ellos:

 
Filipenses 2:3  Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo;

Romanos 12:3  Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.

Colosenses 3:19  Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
20  Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.
21  Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.

1Tesalonisenses 5:14  También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos.
15  Mirad que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos para con otros, y para con todos.

Romanos 12:17  No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres.
18  Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 

La vida del creyente debe ser marcada por buenas relaciones con los demás. Honrar a Dios en su forma de hablar y expresarse, no es nada fácil, nuestro orgullo muchas veces nos jugará en contra. Pero es nuestro deber y responsabilidad procurar por todos los medios ser de edificación y dar gracia a los que nos oyen.

Para lograr esto debemos dar unos pasos sencillos: reconocer nuestras fallas, pedir perdón a Dios y a los que hemos ofendido y rogar al Espíritu Santo de Dios que produzca en nosotros los frutos espirituales que Él desee, permitir a Dios hacer los cambios necesarios en nuestra vida y estar dispuestos a pagar el precio de un cambio.

Muchas veces no queremos cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás porque tememos que nos vean como débiles o se aprovechen de nosotros, pero es necesario hacer cambios si queremos encontrar un alivio a nuestras relaciones conflictivas. No todas las personas reaccionarán como nosotros esperamos, pero es nuestra responsabilidad tomar el primer paso, dar la otra mejilla y comenzar a caminar la segunda milla si queremos ser usados por Dios y transformar nuestro entorno.

No podemos culpar a otros, no podemos dejar esta responsabilidad en manos de otros, ni siquiera en Dios. Somos nosotros los llamados a amar y mostrar amor a todos. Somos nosotros los que podemos hacer una diferencia en nuestras familias desde hoy. No les demos este privilegio a extraños, seamos nosotros los que afectemos de tal manera la vida de nuestros hijos y conyugues para que ellos glorifiquen a Dios.

No deje de depender de Dios; nuestro enemigo, el diablo, estará buscando muchas formas para desanimarlo, estará provocando miles de situaciones donde se detonen las peleas, pero por Jesucristo podemos vencer. Antes de responder, antes de dar una palabra, pensemos si eso glorificará a Cristo y dará honra al que está delante suyo. Ellos verán a Cristo en su forma de actuar. No sólo hable de Jesús, viva cada día como Él.

miércoles, 11 de abril de 2012

Y ¿si viviera como él?

Me pregunto ¿si somos tantos cristianos en el mundo, por qué no ganamos al mundo para Cristo?, ¿será que estamos tan ocupados en nuestros propios planes que nos olvidamos de la gran comisión?

Desde mi punto de vista y haciéndome un autoexamen, creo que se debe a que no vemos la gran comisión como un mandato sino como una opción o una tarea más. Algo que podemos hacer, pero que el Señor no se molestará sino no lo hago; algunos estamos más preocupados por el programa del domingo que por ganar a otros con el evangelio. Y mirándome a mí mismo, eso sucede muchas veces.

La verdad es muy distinta y si cada creyente viviésemos como Dios manda y si hiciéramos lo que nos pide estoy seguro que las cosas cambiarían. A veces pienso en mi vecino, sí el de la tienda de la cuadra, si supiera cuál es la razón de mi fe, ¿no se sentiría atraído a Cristo?.

Al mirar a los apóstoles y su devoción y convicción, me digo a mí mismo: “deberías vivir como ellos”. Porque el apóstol Pablo decía:

1Co 9:16  Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!

A la luz de esta declaración, aunque me esté atando la soga al cuello, no predicar en este día sería pecado, porque debemos hacerlo; nos fue dada una comisión y no tenemos otra razón de pasar por este mundo sino para compartir de la obra de Cristo. 

Qué diferente sería si fuera como Pablo, si viviera como él. Si cada día no dejara pasar sin hablarle a alguien de Jesús. Si todos fuéramos como él, quizá ya serían muy pocos los que no conozcan a Cristo. Por algo él dijo: "lo he llenado todo con el evangelio".

Sinceramente quiero sentir esta necesidad de la que hablaba Pablo, quiero sentir la urgente necesidad de predicarle a todo aquel que esté a mi lado. No para gloriarme en algo, sino para cumplir con el deseo de nuestro Padre celestial. Acompáñame en esta obra y hoy hablemos a alguien de la muerte y resurrección de Cristo.